Sí, quiero (1)

 ¿Conoces a tu pareja?

¿Qué es enamorarse? El amor es también una decisión. Importancia de tener un proyecto de vida común y unas creencias semejantes. Necesidad del diálogo y de la comunicación. Consejos para conocer bien a tu pareja. El amor es darse: con esfuerzo y sacrificio. Valentía de cortar a tiempo.

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 6.700 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 11 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

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¿Esperar hasta la noche de bodas?

[Tomado de Arguments.es]

Este artículo es una traducción de una columna de Steven Crowder en Fox News titulada “Waiting till the wedding night – getting married the right way”. El original fue publicado el 14 de septiembre de 2012. La traducción es de Hernando Bello.

Cualquiera que haya leído mi columna sobre la abstinencia en “Fox News Opinion” puede adivinar que mi matrimonio es algo que he esperado con ganas durante un tiempo. Ya después de casarnos a finales de agosto, puedo decir, sin ninguna duda, que era todo lo que esperaba y por lo que rezaba desde niño (también rezaba por ser mordido por una araña radioactiva y así desarrollar manos pegadizas, pero… sí, era un tonto).

Dejadme decir, como prefacio de esta columna, que mi esposa -tuve que acostumbrarme a decir esto- y yo no sólo nos contuvimos sexualmente: tampoco nos fuimos a vivir en unión libre. Y, lo más importante, nos cortejamos de una manera coherente con nuestros valores -públicamente profesados.

Lo hicimos bien

¿Sentirnos juzgados? No me importa en lo más mínimo. ¿Sabes por qué? Porque nosotros dos fuimos juzgados durante toda nuestra relación. La gente se reía y burlaba de la ingenua pareja cristiana, joven e ingenua.

Decían que no llegaríamos a casarnos sin antes tener relaciones, y, en caso de lograrlo, nuestra noche de bodas sería rara, embarazosa y detestable.

La gente no podía estar más equivocada. Viendo el pasado, pienso que las mujeres que lo decían se sentían las “fulanas” que eran últimamente, y los hombres -que con su “hombría” se detenían en sus patéticas conquistas sexuales- se sentían amenazados.

No escribo esta columna para pavonear, cosa que me gustaría, sino para ser altavoz de todas las parejas jóvenes que han hecho las cosas de la forma correcta. Cuando la gente se casa bien, no se queja tanto; por eso, sus voces son silenciadas por la chusma de charlatanes promiscuos, que promocionan su mundo “progresista” patético.

Nuestro matrimonio fue perfecto. La noche no se quedó corta en asombros. Esto lo escribo en un avión, que se dirige a un paraíso tropical, al lado de la mujer más hermosa con quien se puede andar en la Tierra. Sé que todos dicen que su novio o esposa es la más hermosa. Se equivocan: yo gano.

Me gustaría, sin embargo, contarles una historia de la mañana después del matrimonio: se traduce en una de las experiencias más deslumbrantes que he tenido.

Mi esposa -recuerdo, no me acostumbro a decirlo- y yo bajamos a desayunar en el sitio donde pasamos la noche. Comentábamos sobre lo excitante que resultaba empezar una vida juntos y, a la vez, lo “escalofriante” que parecía: todo era tan diferente. Mientras estábamos en la mesa, escuchamos a la mesa vecina que hablaban sobre una boda de la noche anterior. ¡Qué coincidencia!

-”La cosa es que nada ha cambiado en realidad” -dijo la recién casada.

Mi esposa, perpleja, preguntó: “¿Se casaron anoche? ¡Nosotros también!”.

-¡Felicidades! -dijo la otra-. Sí, lo hicimos.

-¿Dónde está el esposo? -preguntó con inocencia mi mujer.

-Oh, está durmiendo. No había forma de que bajara conmigo a desayunar esta mañana -se detuvo y sonrió-. Digamos que tuvo un dolor de cabeza prolongado después de pasar un buen rato anoche.

Mi corazón se hundió. Un “buen rato” era terrible. Sin disfrutar de la compañía de familiares y amigos lejanos -casi perdidos-; sin mirar con asombro a su esposa; sin querer sumergirse en cada destello de sus ojos, cuando ella le disparaba con su mirada desde la pista de baile; sin tomarse las típicas fotos mientras partían el pastel de la boda; sin llevarla a ella al umbral de la habitación, mientras se acercaban nerviosamente. Nada, él no recordaría nada. En vez de eso, terminó con una resaca. Él era “ese chico”… en su propia boda loca.

Caí en la cuenta de algo: nuestro matrimonio fue verdaderamente un evento que no se daría nunca más en la vida. Fue una celebración a los ojos de Dios, de dos vidas separadas que se convertían en una: física, emocional, financiera y espiritualmente. Todo lo que nos hacía individuos se unió con el matrimonio. Nuestra familia vino desde lejos -desde largo y ancho- para celebrar la decisión de dos jóvenes que realmente se comprometían -se entregaban- el uno al otro, de una forma que nunca lo habían hecho.

¿Los de al lado? Simplemente tuvieron una fiesta grande y, la mañana siguiente, una resaca.

Nuestros matrimonios fueron el mismo evento sólo en nombre. Lo sabíamos, lo sabían.

Haz el tuyo correctamente. Si eres joven y piensas que deberías entregarte ya y convertirte en un compañero o compañera sexual, hazlo como el “mundo” dice que se debe hacer. Si piensas que debes esperar, y con eso, en las burlas, además de lo difícil que es contenerte por tu futura esposa o esposo, déjame decirte -sin sombra de duda- que lo hagas. Tu matrimonio puede ser el día -y la noche-más memorable de tu vida, o simplemente una fiesta más.

Ups, ¿juzgué? Estás “condenadamente” en lo cierto si crees que lo hice.

Amor sin remordimiento (comentario)

Amor sin remordimiento

Las chicas que se acuestan fácilmente no se dan cuenta de que los chicos aman al sexo, no a ellas. Recuerdo que una chica declaró en cierta ocasión que siempre que salía con su novio, se acostaban. Alguien le hizo una pregunta inteligente: ¿Recuerdas un sacrificio de tu novio hacia ti? Ella lo pensó y tuvo que decir que ninguno.

Pedro Trevijano Etcheverria

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Una falsa prueba: vivir juntos antes de casarse

Tomado de LaFamilia.info

Para bajar el artículo en Word:   Una falsa prueba, vivir juntos antes de casarse

La cohabitación antes del matrimonio se ha convertido en una opción aceptada entre los jóvenes, puesto que parten de la idea de que este tiempo les servirá para probar si la relación funciona o no. Pero las investigaciones muestran que en la mayoría de los casos, este “periodo de prueba” no da tan buenos resultados y pocas veces conduce al matrimonio.

Es un tema de disputa. Los que están a favor, afirman que la convivencia previa al matrimonio permite conocer a la otra persona y comprobar la compatibilidad de caracteres, sin embargo, las cifras revelan que son menos del 20% las parejas que llegan a casarse después de haber vivido juntos.

Los expertos destacan tres diferencias principales entre el matrimonio y la cohabitación, siendo el compromiso conyugal una elección más duradera y exitosa, superando con creces a la cohabitación:

1. El matrimonio es un compromiso; sólido y a largo plazo.

La cohabitación es una forma de vivir el presente sin darle mayor importancia al futuro, lo que hace frágil a la relación debido a su poca proyección en el tiempo. Por lo mismo, ante las primeras dificultades, se tiende a concluir la relación pues no hay compromiso por el cual luchar. “Las parejas que viven juntos, toleran menos la insatisfacción y dejarán romper un matrimonio que podría haberse salvado”, dicen Popenoe y Whitehead autores de Should We Live Together? publicado por Aceprensa.

En el matrimonio en cambio, existe un motivo más fuerte y éste anima a los esposos a conservarlo a pesar de los momentos difíciles; es un vínculo con objetivos claros y ambiciosos.

2. Ella quiere “vivir juntos” para compartir el amor. Él quiere sexo sin compromiso. 

Se ha encontrado que la mayoría de las veces, son los varones los que proponen a sus parejas irse a vivir juntos y ellas terminan accediendo por dos motivos principales: el primero es por temor a perderlos, puesto que se impone como una decisión unilateral y ocurre cuando los hombres son reacios al matrimonio; y el segundo motivo por el cual las mujeres acceden a la convivencia, es porque piensan que de esta forma acercarán sutilmente a su novio al altar.

“Ella piensa que vivir juntos es un paso previo (intermedio) hacia el matrimonio, que es un paso más hacia el compromiso, la vida adulta. Él, en cambio, piensa que es `una manera conveniente y con poco riesgo´ de probar el producto. `Poco riesgo´ quiere decir `poco o nulo compromiso´, sensación de provisionalidad y salida fácil.” *ForumLibretas.

En estos casos, hay muy poca la probabilidad que la convivencia lleve a un matrimonio, pues cuando el varón definitivamente no quiere establecer un compromiso matrimonial, permanecerá en su posición y la mujer quedará esperando algo que nunca llegará.

María Marín, la reconocida coach, conferencista y autora, coincide con esta idea: “Un hombre que tiene inseguridades de compartir el resto de su vida con una mujer, no cambiará porque ahora comparten la misma dirección”.

3. En el matrimonio somos “nosotros”, no “tú y yo”.

Linda Waite, de la Universidad de Chicago, descubrió que las parejas casadas no sólo han hecho un contrato a largo plazo que favorece la inversión emocional: “además, comparten recursos y son capaces de actuar como una pequeña compañía de seguros contra las incertidumbres de la vida.” *Aceprensa.

Aunque no es una regla general, en la cohabitación las parejas suelen ser independientes, incluso en los aprietos. Independencia que puede llamarse también individualismo y que presenta un interés especial por lo que atañe a sí mismo, excluyendo a la pareja. Este tipo de relación, es similar a dos barcas que navegan por un mismo mar, pero cuando una se hunde, la otra sigue su camino. Por consiguiente no hay un equipo y por ello no se comparte nada; “lo tuyo es tuyo, y lo mío es mío”.

Finalmente cabe aclarar que cada relación se desarrolla bajo condiciones particulares, pero lo que sí es irrefutable es que el matrimonio supone un verdadero compromiso, una promesa de amor y apoyo mutuo que provee el escenario óptimo para realizar una misión conjunta perdurable en el tiempo, la cual posee mayores probabilidades de afrontar las dificultades antes de romper la unión.

La norma de la cohabitación

La norma de la cohabitación

BERNARD TOUTOUNJI

[Artículo tomado de Aceprensa]

[Para bajarlo en Word:  La norma de la cohabitación]

 

Entre las parejas que se casan después de vivir juntas, la tasa de divorcio es el doble que la de las parejas que no han cohabitado antes de casarse.

Desde hace tres meses salgo con mi novia y afortunadamente todo está yendo muy bien. Estaba contándolo a un amigo el otro día y al final de la conversación me preguntó, con una expresión de viva curiosidad: “¿Vais a iros a vivir juntos?”. De entrada me sorprendió la pregunta, pues suponía que para la mayoría de la gente que me conoce era obvio lo que yo pienso en ese tema. Sin embargo, supongo que ya no es “obvio” por qué unos jóvenes que están saliendo juntos deciden no hacer las maletas y buscar un sitio donde vivir. Así que explicaré por qué he decidido no compartir la cama con mi novia.

La cohabitación antes del matrimonio es hoy la senda más común de las parejas jóvenes: así hacen cerca del 75%, y para la mayoría de ellas, más que una decisión meditada es algo hacia lo que se deslizan sin pensarlo. Cuando él o ella empiezan a pasar más noches en casa del otro que en la suya, al final parece natural dejar de pagar dos alquileres.

Pero aunque la cohabitación se presenta como un buen modo de conocer a la otra persona y asegurar así un matrimonio más sólido, no hay pruebas que demuestren esto. Las estadísticas revelan que la cohabitación dura 2,5 años antes de romperse o de convertirse en matrimonio, pero la tasa de conversión en matrimonio está en declive. Entre las parejas que comienzan a vivir juntas, el 50% se casan y el 50% se rompen antes de cinco años. Para aquellas que llegan a casarse, la tasa de divorcio es el doble que la de las parejas que no han cohabitado antes de casarse.

Distintas promesas
¿Por qué entonces la cohabitación es la norma aceptada, y al mismo tiempo resulta completamente inútil para ayudar a las parejas a discernir su futuro? La respuesta a las dos preguntas es la misma: sexo. El hecho de que se vayan a vivir juntos es el fruto de que ya han empezado a tener relaciones sexuales. No nos confundamos: la cohabitación tiene que ver con el sexo. Los jóvenes que cohabitan se hacen el uno al otro la declaración subliminal de que “no necesito casarme contigo para tener relaciones sexuales”.

Esta es una declaración decisiva para el buen estado de la relación, porque el sexo pasa de ser algo digno de un compromiso ante Dios a algo no más importante que decidir lo que comeremos hoy. La promesa que se hace una pareja que cohabita es: “Prometo tener relaciones sexuales contigo hasta que encuentre a otra persona con la que prefiera tenerlas”. Hace poco vi la película The Vow, una comedia romántica basada en una historia real. La pareja protagonista se conoce, empiezan a salir y finalmente el chico le pide a la chica que se vaya a vivir con él. La escena está concebida como el momento especialmente romántico en el que el hombre da finalmente un paso adelante y hace lo que hay que hacer. Pero lo que realmente ha dicho es: “Quiero acostarme contigo de modo más regular, pero con la libertad de dejarlo si el asunto no funciona”. ¡Pues sí que es romántico esto!

Lo importante, marginado
¿Y qué pasa con las parejas que viven juntas y finalmente se casan? Pongo en duda la libertad con la que realmente entran en el matrimonio y su deseo real de estar juntos hasta que la muerte los separe. Por su misma naturaleza, el sexo está diseñado para establecer un vínculo entre una pareja, pero cuando una relación llega al sexo antes de tiempo, cuestiones importantes como el carácter, la concepción de la vida y la compatibilidad quedan orilladas. En consecuencia, todo se ve de color de rosa y resulta difícil acordarse de las cosas importantes y más aún hablar de ellas. Cuando una pareja de novios empieza a tener relaciones sexuales, descuida verificar su compromiso intelectual, y en su lugar inicia uno emocional y sexual.

El amor en ciernes es muy frágil, y la lujuria puede fácilmente apastarlo. El hecho de que una pareja que cohabita pueda finalmente acabar ante el altar (o más probablemente en el jardín) no es una prueba de que compartan un verdadero amor. Muchas parejas que hoy se casan no escogen el matrimonio con tanta libertad como podrían, sino que a menudo simplemente acaban en él. Es solo el siguiente paso tras una serie de decisiones equivocadas. La cohabitación se basa en el principio de que uno puede abandonarla en cualquier momento y esta actitud no desaparece fácilmente solo por firmar un certificado de matrimonio.

El camino fácil
Las parejas que cohabitan desean ciertamente amar e indudablemente hacen lo mejor que pueden para amarse el uno al otro. Pero el problema es que lo mejor que pueden no es suficiente, porque se basan en una información falseada. Aprenden cómo tener relaciones sexuales con la otra persona pero no cómo es la persona; desean ser amados pero no logran comprender cómo amar.

Si no me interesara discernir cómo será el posible futuro con mi novia, entonces, desde luego, nos arrejuntaríamos ahora mismo. Pero mi corazón, como el de cualquier otro ser humano, desea encontrar un amor que dure toda la vida. Y la probabilidad de encontrarlo disminuiría mucho si tomáramos ahora el camino fácil y siguiéramos simplemente la tendencia social. El amor es algo demasiado valioso para ser rebajado y destrozado a través de ese mal social de la cohabitación.

Traducción del original publicado en Foolish Wisdom